Condividi

En Chile, a las 22.00 del 20 de octubre de 2019, los relojes, lanzados en un neurótico viaje hacia atrás en el tiempo, volvieron a marcar la misma hora ilegal que en 1973: la del toque de queda. El más grande poeta chileno de nuestros días, Raúl Zurita, de raíces italianas, una voz indómita y esencial para comprender las sociedades de hispanoamérica desde las dictaduras hasta hoy, define a su propio país como «arribista, egoísta, insolidario, sumiso culturalmente». ¿Por qué Italia no sabe nada y no dice nada de este Chile, el que estamos viendo en pantallas, la tierra en la que vive casi un millón de descendientes italianos de nuestros emigrantes de finales del siglo XIX? ¿Por qué el Parlamento Europeo rechaza la propuesta de debate sobre lo que está pasando en Santiago?

Posiblemente porque en ese arribismo, en ese egoísmo, en esa insolidaridad y sumisión cultural nos reconocemos, y cuando nuestra imagen se queda reflejada en la incontenible exasperación del otro es mejor apartar la mirada, por temor al contagio. De esta forma, de la mutación frenética de los escenarios en Santiago y en el resto del país desde principios de octubre, llega a Europa solo el eco débil de la matraca de tópicos sobre la violencia, y nos limitamos a hacer de caja de resonancia de los medios alineados con el gobierno de derecha del presidente Sebastián Piñera: «Estamos en guerra».

Una guerra inexistente. Una guerra del ejecutivo contra sí mismo, a lo sumo, contra su propia, absoluta incapacidad de comprender y de gestionar las protestas: «Piñera no reconoce, no comprende el alcance de lo que ha pasado en este país, se cree que han tomado el control Cambridge Analytica o un enemigo oscuro y poderoso», dice el escritor y director de cine Diego del Pozo. Es más: la mujer del presidente, Cecilia Morel, en un audio privado a una amiga y que se coló en las redes sociales, achaca la responsabilidad de las protestas a la intervención de fuerzas extraterrestres: «Estamos absolutamente sobrepasados, es como una invasión extranjera, alienígena, no sé cómo se dice, y no tenemos las herramientas para combatirlas. Vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás». «Evadir, no pagar, otra forma de luchar» responden por primera vez, al unísono, los habitantes de un país que hasta ahora se nos pintaba próspero y estable en los indicadores internacionales de ese capitalismo que, en realidad, lo tiene avasallado.

Los privilegios de pocas, poquísimas personas, son el punto exacto desde el que hay que empezar el recorrido: nos llevan a ese salto masivo de los torniquetes del metro por parte de los estudiantes, después de que el 4 de octubre el ministro de Transportes anunciara la subida del precio de los billetes, invitando al mismo tiempo a la ciudadanía a «levantarse antes de la cama, para gozar de una tarifa reducida». Galo Ghigliotto, escritor, editor y guionista, escribe que «el 33% del ingreso que genera la economía chilena lo capta el 1% más rico de la población y, a su vez, el 19,5% del ingreso lo capta el 0,1% más rico». La cosa lleva treinta años funcionando así. «Heredamos de la dictadura iniquidad y violencia, y estas han encontrado un terreno fértil en el trato que el gobierno de derecha de Piñera dispensa a los ciudadanos.

La Constitución de 1980 se hizo para arraigar el modelo neoliberal y protegerlo, para favorecer y tutelar, empleando la fuerza, los privilegios de la clase política y empresarial», añade Ghigliotto. En Chile, todo lo que se podía privatizar se ha privatizado: la educación, la sanidad, las pensiones, el sector minero (el país es el mayor productor de cobre en el mundo, y tiene también grandes yacimientos de litio; son solo dos de los minerales fundamentales para el desarrollo tecnológico e industrial del planeta); alquilar un piso de dos habitaciones en Santiago cuesta de media 495 euros, sin embargo el salario mínimo es de 373 euros; un 30% de lo que ganan los menos pudientes se va en gastos de transporte: Santiago es una ciudad enorme; este año, además, ya subió el precio de la corriente eléctrica, del agua y del gas; la semana laboral es de 44 horas; Wallmapu, el territorio Mapuche, ha sido militarizado por completo y cualquier excusa es buena para criminalizar a los nativos; la ley del aborto sigue negando libertades a las mujeres, que sufren el yugo de muchísimas otras constricciones; el índice de suicidios entre adolescentes y ancianos es muy elevado: se hace imposible resistir a tanta y tan espantosa precariedad, a tamaña violencia.

Fue este el empujón social que hizo saltar los torniquetes y provocó «una explosión inorgánica y completamente ciudadana, sin ningún tipo de dirección política: nadie ha organizado todo esto», cuenta Nona Fernández, escritora muy valorada en Italia y autora de La dimensón oscura, una obra maestra del siglo XXI, donde analiza y reconstruye la dictadura a través de los gestos y de los pensamientos de un torturador confeso. Si nos limitamos a mirar las imágenes de la violencia en las calles «generada en gran parte por los militares y atribuida al lumpen – continúa Fernández – significa no darse cuenta de que el lumpen ha brotado de años y años de liberalismo. No se trata de absolver al lumpen de sus responsabilidades, pero es una víctima más de este asqueroso sistema que nos ahoga y nos obliga a querer siempre algo, y luego algo más, y más todavía». Bajo la tensión social sangra la memoria histórica: no siempre es verdad que las heridas se curan dejándolas abiertas. «No ha habido suficiente reparación de la dictadura; Pinochet murió como senador vitalicio y su féretro fue velado en la Escuela Militar de Chile, como ex comandante en jefe. Millares de familias, sin embargo, a día de hoy no saben todavía nada sobre el paradero de los restos de sus seres queridos, o se los ven entregar a plazos y en cachos, como en el caso del periodista Carlos Berger», añade Ghigliotto.

La fragmentación de la izquierda favoreció la vuelta de Piñera a la dirección del país; los medios de comunicación chilenos, además, están controlados, en su mayoría, por grupos económicos cercanos al gobierno, y en lugar de ilustrar de forma limpia las causas de la excerbación social, han señalado con el dedo y los focos de sus cámaras los saqueos en los supermercados, las farmacias, los cajeros de los bancos, cuando la protesta se ha expandido; nadie sin embargo ha dicho que, mientras tanto, la policía se entretenía en la protección de los barrios altos de la ciudad.

La presencia de los milicos en las calles, el toque de queda, la declaración del estado de emergencia son los símbolo del error garrafal cometido por Piñera; son el resorte que ha atrasado de treinta años las agujas del reloj de la memoria de Chile, enconando los ánimos de la gente. Por otra parte este es un gobierno de parentesco y de sólidos lazos con la dictadura de 1973: parientes son el presidente Piñera y el ministro del Interior Chadwick (este último y otros miembros del ejecutivo fueron colaboradores de Pinochet) y a su vez tienen parientes que banquetean gracias a la suculenta tarta de las privatizaciones. Un 49% de los ciudadanos no votó a la derecha en las últimas elecciones; Piñera consiguió captar el voto de las franjas más despolitizadas de la ciudadanía agitando el fantasma de “Chilezuela”.

«Todo es transparente, ahora, en Chile», dice la escritora María José Ferrada, autora de Kramp, una historia de rebelión a los esquemas, que se tiñe de renovada fuerza a la luz de las protestas de estos días. «La imagen de Chile como país estable que se proyectaba hacia fuera, saltó por los aires. Es complejo, pero la aceptación de las cosas tal y como estaban, nos estaba haciendo tan mal como el gas lacrimógeno». El web y las redes sociales han sido clave para lijar ese halo de perfección; el motor de lo que en Italia llamamos “la maquina de embarrar”, aludiendo a las fakes news que a menudo la red genera, en este caso se ha puesto en marcha dentro de los periódicos, de las televisiones y las radios cercanos al poder del Estado.

En un último, pindárico y extremadamente ridículo intento de adjudicarse y manipular la protesta que consiguió reunie en la calle a más de un millón y medio de personas solamente en Santiago, Piñera ha declarado «Todos queremos un cambio», anunciando una tardía remodelación del equipo de gobierno y un bloqueo de las subidas, compensado por una redistribución de los recursos. Esto significa que no rozará siquiera a los empresarios; dejará tranquilas a las élites y, por consiguiente, en las calles no cambiará nada, añade Nona Fernández: «Nadie quiere que esto pare ni que se recupere ningún tipo de normalidad, porque ahora tenemos en nuestras manos una oportunidad histórica: cambiar la Constitución, conseguir una que garantice los derechos de todos los ciudadanos y ciudadanas, no solo de las empresas y de sus dueños. Queremos cambiar por completo el tablero sobre el que llevan treinta años jugando».

No podemos olvidar a los muertos causados por la brutalidad de la represión de la protesta; las estimas oficiales hablan, en este momento (el domingo 27 de octubre, n.d.r.), de 19 personas; sin embargo otros datos elevan la cifra a más de 200. Además van estallando incendios incontrolados y entre los escombros humeantes aparecen cadáveres: existe la sospecha de que los militares tiren allí a los asesinados, para deshacerse de sus cuerpos. Según el informe del Instituto Nacional de Derechos Humanos, el 25 de octubre los detenidos eran 3.162, entre los cuales había 545 mujeres y 343 niños, niñas y adolescentes. Quince las denuncias presentadas por violencia sexual. Parece que la represión fue mucho más feroz en las provincias que en Santiago.

¿Qué hay que hacer, qué podemos hacer, entre todos, ahora? «La protesta representa la vuelta a la conciencia de lo importante que es el sentimiento de comunidad», explica Paolo Primavera de Edicola Ediciones, una editorial que tiene raíces tanto en Italia como en Chile. «Para muchas sociedades, esto es una lección de vida: cancelando el egoísmo podemos ser el motor de todo cambio deseable», añade. «Lo que pasa allí fuera, en Hong Kong, en Beirut, en Siria, en Caracas, nos concierne y nos toca de cerca, porque todos estamos conectados. La fragilidad y la vulnerabilidad nos han vuelto más fuertes, nos han despertado», termina la escritora Lola Larra. Es sin duda el momento de darle la vuelta a la tortilla, como cantaban los Quilapayun en los años 60: «que la tortilla se vuelva que los pobres coman pan y los ricos mierda, mierda»; e incluso, si se tercia, de desmentir al gran Zurita, luchando contra la desinformación y haciendo que ni Italia ni Europa aparten la mirada de Chile y de sí mismas.

Traducción de Monica R. Bedana

La versione in italiano dell’articolo di Monica R. Bedana è stato pubblicato su Left
dell’1 novembre 2019

SOMMARIO ACQUISTA

Commenti

commenti

Condividi